Stories, software, and a life lived across several worlds
En la ciudad de Orben se enorgullecían no sólo de evitar los errores, sino de negarles cualquier oportunidad imaginable. La gente vestía de negro por seriedad, de blanco por claridad y de gris por humildad ante las normas. Las fachadas de colores se consideraban expresión de una voluntad inmadura, e incluso las flores de las ventanas solían ser variedades de flor blanca, ordenadas cuidadosamente por altura y simetría. Quien quisiera construir una casa en Orben no sólo tenía que poseer un terreno, sino demostrar que sus intenciones eran buenas, sus líneas limpias y su futuro no supondría una carga para el bien común. Justo ahí comenzaba la historia de Mara Voss y de la máquina que debía hacer más rápido lo bueno.
Cuando Mara Voss subió aquella mañana las escaleras de la Oficina de Ordenación de la Edificación, llevaba la carpeta de planos tan apretada bajo el brazo que el borde de cartón le dejó una franja blanca en la piel. Era principios de noviembre, e incluso el cielo sobre Orben parecía respetar el acuerdo de toda la ciudad sobre la temperatura de color adecuada para la vida. Entre las nubes grises no había azul, sólo una forma más clara de deber.
Delante del edificio, las solicitantes formaban cuatro filas rectas. Dos eran para promotoras privadas, una para proyectos comerciales y la cuarta para los llamados asuntos de corrección: aquellas pobres almas cuya primera solicitud no había respondido a las expectativas y que ahora debían presentarse de nuevo con una seriedad renovada. Nadie hablaba alto. En Orben no estaban prohibidas las conversaciones, pero el volumen se consideraba una señal de desorden interior. Se hablaba con la boca cerca del oído de la otra persona, o no se hablaba.
Sobre la entrada brillaba, en letras metálicas incrustadas, la frase que cada niña de la ciudad sabía de memoria antes de aprender a leer: Bueno es lo que puede ser examinado. A primera vista sonaba como una regla de razón. A segunda, como una plegaria.
Mara era arquitecta, aunque no del tipo admirado que proyectaba edificios administrativos, puentes o barrios residenciales energéticamente ejemplares. Diseñaba jardines de invierno, ampliaciones de tejados, pequeños patios, cajas de escaleras y la rehabilitación de antiguos talleres. Le gustaban los lugares en los que aún podía verse cómo la vida había desgastado un poco, en las esquinas, la rectitud de la norma. Sus diseños no eran rebeldes en absoluto. En otra ciudad probablemente habrían pasado por estrictos, sobrios y ejemplares. En Orben, sin embargo, se decía que su trabajo era humano, y eso rara vez era un elogio.
Ese día se trataba de la casa de la familia Levin, una parcela estrecha junto al canal del norte donde iba a levantarse una vivienda de cuatro plantas con un pequeño patio interior. El diseño era preciso, eficiente en energía, impecable en protección contra incendios y estructuralmente irreprochable. El único problema era el patio. Mara había propuesto plantar tres ginkgos y revestir el muro con una cerámica clara cuyo esmalte adquiría en la lluvia un leve brillo plateado. Nada estridente, nada colorido; sólo un tono de calidez en una ciudad que prefería fundar la moral en el contraste antes que en la viveza.
En la última reunión, el ponente Dierk Halden le había dicho que la cerámica era interpretable. En Orben, la interpretabilidad era el inicio de una sospecha administrativa. Una superficie debía ser inequívoca o no existir en absoluto. Por eso eran populares los revocos grises y las pinturas minerales blancas: se sustraían a toda lectura emocional. Mara había preguntado si ése no era precisamente el peligro, que la gente acabara viviendo en habitaciones que no esperaban de ella nada más que obediencia. Halden levantó la cabeza, la miró un segundo de más y escribió en el acta: La parte solicitante introduce criterios subjetivos.
Ese día habría una presentación de prensa antes de que comenzara la tramitación normal. Un nuevo sistema, decía la invitación, conduciría a la ciudad a una fase de alivio administrativo. Bajaría el tiempo de tramitación de las licencias. Subiría la calidad de las decisiones. La ciudadanía se beneficiaría porque las buenas solicitudes se reconocerían antes y las intenciones cuestionables se abordarían con mayor prontitud.
Intenciones cuestionables. Mara había leído la expresión tres veces. Hasta entonces, una solicitud de obra había sido un asunto técnico, jurídico y a veces estético. Ahora una nueva categoría entraba en el lenguaje de la oficina: la intención. Y en una ciudad como Orben, la intención nunca era sólo intención. Era carácter, postura, legibilidad moral.
Mara colgó el abrigo y alzó la vista hacia la gran pantalla sobre el vestíbulo. En lugar del habitual Tenga preparados: extracto del registro, cálculo estructural, certificado de protección contra incendios, aparecía: Presentación del sistema EIR. Inteligencia Ética para Procedimientos Reglados. Comienzo 08:30. Sala de la Adecuación.
Cerró los ojos un instante. Incluso el nombre era típico de Orben. Una máquina no podía ser simplemente rápida, eficiente o potente. Tenía que demostrar ya en el título que estaba del lado de lo bueno.
A su lado alguien exhaló despacio. Era Tom Levin, el promotor, con un abrigo antracita y esa mirada que adquiere la gente cuando por tercera vez en seis meses tiene que acudir a la misma autoridad con los mismos papeles.
“Si esta nueva inteligencia es tan lista como afirma, quizá por fin vea que sólo queremos construir”, dijo.
Mara asintió sin responder. Conocía demasiado bien Orben como para creer en esa clase de inteligencia. En aquella ciudad, inteligencia significaba a menudo sólo que los prejuicios se ordenaban con mayor rapidez y elegancia.
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